Hoy 18 de agosto se conmemora la partida del padre Alberto Hurtado,
luchador por la justicia social. Cada vez con más fuerza, el mes de agosto deja atrás
sus antiguas connotaciones para transformase en un tiempo para contemplamos
como sociedad poniendo en relieve la solidaridad.
Pero ¿qué significa este concepto y cuáles son sus desafíos en una sociedad como la nuestra?
Para algunos la solidaridad es un valor que se aprende y practica al seno de la familia y luego se amplía al resto la comunidad. Para otros es una exigencia dada por sus creencias religiosas o trascendentes. Algunos la ven como una manera muy personal de compartir los dones u oportunidades propios con otros menos favorecidos. Otros ven en ella una virtud cívica que refleja el compromiso de los ciudadanos con la sociedad, especialmente con los más necesitados.
Como se ve existe una diversidad de concepciones de solidaridad y cada una de ella tiene su valor. Pero esta vez quisiéramos recuperar aquí una que luce por su simplicidad y sabiduría: “la solidaridad es ampliar el círculo común del nosotros” (Rorthy). ¿Qué implica? Al parecer nos invita a actuar con “los otros” -aquellos que no son de nuestro círculo cercano, acogedor y contenedor- como si fueran de “los nuestros”. Implica tratarlos con el cariño, empatía y generosidad con que normalmente nos relacionamos con éstos. Y, desde luego, incluye abrirnos a recibir los dones que “los otros” tienen para nosotros.
De seguro no es algo fácil. La sociedad, nosotros y “ellos” (las personas en pobreza, los niños con discapacidad, los jóvenes infractores de ley, pero también colegas y compañeros de clase débiles) parecemos más propicios a generar barreras, muchas veces infranqueables, nutridas de prejuicio, miedo, egoísmo y comodidad. Pero es posible otro camino.
Podemos ampliar nuestros círculos hacia ellos. Y ellos los suyos hacia nosotros.
Así, la solidaridad puede tener menos que ver con donaciones, dádivas y actos esporádicos como con un trato que supone un hondo y radical sentido de fraternidad, una voluntad permanente de encontrarse e involucrarse, donde todos “ampliamos nuestros círculos” compartiéndolos. Y todos ganamos.
Esto parecen tenerlo claro muchos chilenos; más del 50% de los chilenos cree que sólo realizar donaciones “no es ser solidario”. Los chilenos ven la solidaridad fundamentalmente en las experiencias de encuentro “cara a cara” con los demás (como la generosidad en los escenarios de la vida cotidiana y el voluntariado).
Hay razones para ser optimistas. En el país son miles las personas dispuestas a ampliar sus círculos, rompiendo sus burbujas, dejándose estar con todos y entre todos, sin distinciones, no diciendo al otro “es tu problema” sino “es nuestro problema”. De ello habla el voluntariado, la acción por el medio ambiente o los temas públicos, el trabajo de las organizaciones sin fines de lucro. Al fin y al cabo todos pertenecemos a un gran círculo, que es el círculo de Chile.


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